sábado, 18 de diciembre de 2010

Calor con un toque de frío.

Y seguimos así, pintándonos de naranja y menta en la espalda, detrás del cuello, en la pierna, y después entre su camiseta. El polo se rompe. Un pedazo se mete por el borde del bañador. Y nos reímos. Perdidos en un beso frío bajo el sol caliente. Y en nuestras bocas, la naranja y la menta se encuentras mientras nosotros naufragamos.

Canciones que quedan desconocidas.


Recorría calles húmedas de pobreza en su búsqueda, sin querer caminaba por parajes amenazantes sin saber lo que hallaría; hasta que un día, sin darme cuenta ni realmente buscarlo, lo encontré. Si, a él... al que ve lo que yo y lo muestra como yo no sé. Tamaño alivio me dejó esa tarde en el corazón, el aire que salía del estéreo era una burla al éter; un aire dulzón, agresivo e inignorable. Fue su voz irreverente, su falta de rostro, su ausencia material o tal vez sólo la ilusión de mis anhelos realizados lo que me cautivó. Corrí dentro de la tienda a averiguar quién era el dueño de la voz que se deshacía en el aire pero nadie sabía quien había sintonizdo el dial en esa emisora... ninguno de los presentes admitió haber siquiera puesto a andar la radio. La canción terminó y dio lugar al ruido de la estática del fin de la emisión. Acompañandome todo el camino de regreso a casa, su voz me acariciaba, perfumaba mis pasos, enredándose en mis tobillos y nublando mis ideas. Los días pasaron y la dulce voz se volvió algo parecido a lo que era. Mi cabeza escuchó miles de voces más y acabó por fundirla y confundirla con otra más del montón. Lo que era dulzón se tornó insípido y banal a mis oidos y un día, no muy particular, me olvidé la voz detras de otras que la duración etiquetó de mejores. Una tarde, no muy distinta a la que lo encontró en el aire, lo sepultó entre los recuerdos del pop basura, por no poder hallarle otro lugar.

Así fue como perdí a mi cantante favorito, uno que nunca busqué, que nunca quise, que nunca idolatré ni nunca fotografié. Todo, porque creo que aún no lo conozco.