martes, 15 de marzo de 2011

Imposible, improbable.

La Real Academia define la palabra imposible como algo que no tiene facultad ni medios para llegar a ser o suceder. Y define improbable como algo inverosímil, que no se funde a una razón prudente.
Puestos a escoger a mi me gusta más la improbabilidad que la imposibilidad. Como a todo el mundo, supongo. La improbabilidad duele menos y deja un resquicio a la esperanza, a la épica. Que David ganará a Goliat era improbable, pero sucedió. Un afroamericano habitando La Casa Blanca era improbable, pero sucedió. Nadal desbancando del número uno a Federer. Una periodista convertida en princesa. El amor, las relaciones, los sentimientos… No se fundan en una relación prudente. Por eso no me gusta hablar de amores imposibles, sino de amores improbables.

Porque lo improbable es por definición, probable. Lo que es casi seguro que no pase, es que puede pasar. Mientras haya una posibilidad, media posibilidad entre diez millones a que pase, vale la pena intentarlo.

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