martes, 15 de marzo de 2011

At the Bar

Todo lo que haces lo haces simplemente porque te apetece, no porque tengas que hacerlo.













Cenamos cada noche en un pequeño restaurante. Es todo de madera, y está precisamente sobre el mar, de modo que si bajas tres escalones ya estás en el agua. Leemos el menú sin entender muy bien qué dice realmente. Al final, pedimos siempre explicaciones. Las personas que trabajan allí son todas muy amables y sonríen. Y tras haber escuchado sus explicaciones más o menos comprensibles, hechas de gestos y risas, nos ponemos de acuerdo cada vez sobre un plato distinto. Quizá porque queremos probarlos todos, porque esperamos que al menos uno nos guste. Pero sobre todo porque estamos bien.

Se pierde la noción del tiempo


Que cosa más divertida, no me había dado cuenta de que se había puesto el sol. -Me pregunté por primera vez si no se me estaría haciendo demasiado tarde-. Había perdido por completo la noción del tiempo con tanta distración y tanta diversión. Era algo nuevo para mí.

Fuego y hielo.

Unos dicen que el mundo sucumbirá en el fuego, otros dicen que en hielo.
Por lo que yo he probado del deseo estoy con los que apuestan por el fuego. Pero si por dos veces el mundo pereciera creo que conozco lo bastante el odio para decir que, en cuanto a destrucción, también el hielo es grande y suficiente.

Imposible, improbable.

La Real Academia define la palabra imposible como algo que no tiene facultad ni medios para llegar a ser o suceder. Y define improbable como algo inverosímil, que no se funde a una razón prudente.
Puestos a escoger a mi me gusta más la improbabilidad que la imposibilidad. Como a todo el mundo, supongo. La improbabilidad duele menos y deja un resquicio a la esperanza, a la épica. Que David ganará a Goliat era improbable, pero sucedió. Un afroamericano habitando La Casa Blanca era improbable, pero sucedió. Nadal desbancando del número uno a Federer. Una periodista convertida en princesa. El amor, las relaciones, los sentimientos… No se fundan en una relación prudente. Por eso no me gusta hablar de amores imposibles, sino de amores improbables.

Porque lo improbable es por definición, probable. Lo que es casi seguro que no pase, es que puede pasar. Mientras haya una posibilidad, media posibilidad entre diez millones a que pase, vale la pena intentarlo.

I use somebody.


Creo no, tengo el derecho de usar a alguien. Puesto que la gente me ha podido utilizar a mí según le convenía también lo podemos hacer a la inversa. Usarlo para salir a tomar unas copas, para dar una o vuelta o simplemente para matar el rato. Para reírnos y disfrutar. Después lo tiraré a la basura como un juguete usado.

LOST


Yo era como una luna perdida –una luna cuyo planeta había resultado destruido, igual que en algún guión de una película de cataclismos y catástrofes- que, sin embargo, había ignorado las leyes de la gravedad para seguir orbitando alrededor del espacio vacío que había quedado tras el desastre.

La realidad.

Cuando somos niños soñamos con cosas pequeñas, sencillas. Un helado de fresa, una muñeca que llora y hace pis, o esa bicicleta que tiene el vecino del cuarto. Cuando nos hacemos mayores nuestros sueños cambian con nosotros. Y se vuelven complejos, igual que nosotros. Y de repente, la muñeca de trapo se convierte en un vestido nuevo; con el que cruzar un océano a diez mil metros de altura para deslumbrar a tu marido no le haga sorpresa. Pero los sueños se rompen en pedazos cuando se topan de frente con la realidad, porque la realidad a menudo es radicalmente distinta a lo que uno cree que es. Las personas no son siempre lo que aparentan ser, ni las relaciones, ni mucho menos nosotros. Y esas realidades son las que se encargan de poner a cada uno en su sitio.
Lo que uno cree que es negro, es blanco. Lo que uno cree que es blanco, probablemente sea de todos los colores del arco iris.


Uno sabe como empiezan las cosas, pero nunca saben como van a terminar.

Los pequeños placeres me hacen feliz

Hacer equilibrio en el bordillo de la acera, romper el papel de los regalos, lamer la tapa de los yogures, mojar galletas de chocolate en leche caliente, comer nocilla con el dedo, dibujar figuras extrañas en un papel mientras hablas por teléfono, dormir cuando llueve, jugar a no pisar las líneas del suelo o sólo pisar las del mismo color, cuando me subía al carrito del super, ver que hay niños que hacen lo que tú hacías cuando eras pequeño, chupar una gominola hasta que desaparece.
El olor a gasolina o el de los rotuladores permanentes, pisar hojas secas, hacer fotos a gente riéndose cuando quieren salir posando y tu les has hecho reír, el papel de las fotocopias cuando aún está caliente, el olor de los libros nuevos, tumbarme en la cama recién duchado con el albornoz puesto, pisar sólo la zona blanca de un paso de cebra, romper las hojas de los arboles en pedacitos cuando estás sentado en el césped o el día de antes de hacer un viaje.

Momentos especiales.

Me levanto, me siento a su lado y le doy un beso. Largo, larguísimo, con los ojos cerrados. Un beso totalmente libre. Y el viento intenta pasar entre nuestros labios, nuestra sonrisa, nuestras mejillas, entre nuestro pelo… nada, no lo consigue, no pasa. Nada nos separa. Sólo oigo pequeñas olas que se rompen debajo de nosotros, la respiración del mar, que resuena en nuestras respiraciones, que saben a sal.. Y a él. Y por un instante tengo miedo. ¿De tener ganas de perderme otra vez? ¿Y después? ¿Qué pasará? Bah. Me relajo. Me pierdo en ese beso. Y abandono ese pensamiento. Porque es un miedo que me gusta, sano.